Más vale sola, que quedarme en mi casa

Gente viajando sola existe desde siempre.

Puede ser que ahora las mujeres nos veamos más, porque somos más.

Y cuando pienso por qué viajo sola me sale fácil: porque quiero y puedo, porque me gusta y porque no me voy a quedar en mi casa tejiendo calceta mientras la vida pasa.

Y esto se relaciona con la primera vez que decidí salir sola. De animarme. De ser mi única red de seguridad.

New York por primera vez, sola.

Hoy, el mundo que nos rodea, nos permite tener una red de seguridad más firme pero, el animarse sigue siendo el paso más difícil.

Y, les tengo una mala noticia, cuando se animan, cuesta muuuuuuuucho volver hacia atrás.

Tengo a favor que hace años que vivo sola, así que ya sé que me llevo bien conmigo. Faltaba estar sola en otra geografía.

Lamentablemente (o no) es difícil, a veces, coincidir en tiempos y economías con otras personas para organizar un viaje. Ni hablar de gustos o intereses. O el clima.

Como no me sale fácil coordinar con calendarios ajenos, las formas de pago o sellos en el pasaporte, apechugué y allá me fui.


Ya se me ha hecho costumbre no saber lo que es un "tarifa base doble", "2 x 1", salir en una foto... he borrado montones de fotos donde se me ve la punta de la nariz, la mitad de la cabeza, sin cabeza y así... Tampoco soy fotógenica ni me interesa mucho estropear un paisaje.

En Nueva York, gracias a otra sola momentánea, Erika, aprendí un poco de la ciencia de la selfie. No, todavía no sirvo. Seguiré sacando paisajes. 

Y lo primero que dijimos con otra sola, Fran, del grupo de solos que nos juntamos en el camino a Nueva York fue... ¡¡¡voy a tener a alguien que me saque una foto!!!


Sentarse solo en un restaurant o en la barra de un chiringuito no es para cualquiera. Que se sepa.

Alojándome en hoteles de turistas, también he visto las "ventajas" de ser sola y pagar esos dólares de más. No señores, no hay manera de que este cuerpo tallado por los dioses del Olimpo entre en una lata de sardinas, mínimo una de caballa.

Viajar sola me permite sentarme a buscar un destino, un pasaje y un día de salida, que se coordina con compañeros de trabajo y se pide autorización al jefe... Y darle click. Ya está, empiezo a armar itinerarios.

Andar solo lejos de tu barrio, te obliga a hacer nuevas relaciones con desconocidos. Ya sea por necesidad práctica o por el simple gozo de aprender del otro.

No deja de sorprenderme el compañero que me voy a encontrar al lado en un avión o un colectivo y me faltan millones de millas y compañeros de asiento para poder hacer una estadística representativa. Hasta ahora, vengo perdiendo. 

Eso es lo que siempre voy a rescatar de andar sola: la gente que te cruzás en el camino: porque no soy ninguna MacGyver ni Chuck Norris con tetas, no puedo con todo ni por casualidad (aunque ponga cara de todo lo contrario).


Gracias a doña monja que me crucé en París y que me supo orientar cuando ni el mapa me mostraba dónde estaba. 

Gracias a la amorosa vecina londinense que casi se sube conmigo al double decker para llevarme hasta mi hotel. 

Ni hablar de la paella en lo de Carmen y Quintín en Valencia o dormir en la casa de Claudia en México D.F., la hoy, Ciudad de México.

O el susto que me pegué cuando una chica, sin siquiera decir ¡hola!, agarró mi valija en Penn Station para ayudarme a subirla por la escalera.

Y como dice un viajero experto que ¡oh sorpresa! tiene mi misma sangre:

"El que viaja solo, viaja ya"

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